domingo, 12 de septiembre de 2010

PORQUÉ SOY ANTIMARXISTA



La derecha europea, sometida a sus complejos ideológicos, por lo general se ha limitado a fundamentar sus argumentos antimarxistas tan solo en cuestiones de carácter económico —el anticapitalismo de las doctrinas de Marx— o de carácter religioso o moral de carácter general.

Sin embargo como ya advirtiera Mounier, fundador de la corriente filosófica “Personalista”:

“La laguna esencial del marxismo es haber desconocido la realidad íntima del hombre, la de su vida personal.”

Efectivamente, en el mundo del materialismo dialectico la Persona no tiene sitio. La mayor aproximación de Marx al concepto de individuo, de persona, se concreta en su análisis de la alienación.

Sin embargo, toda la doctrina de la alienación presupone que el individuo es incapaz de transformarse a sí mismo, de liberarse, para llegar a la conclusión que solo las masas son capaces de transformar al individuo al incorporarlo a sus estructuras.
Efectivamente, para Marx el hombre es ante todo el conjunto de sus relaciones sociales:

"... la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de sus relaciones sociales".

Los teóricos del marxismo moderno se han empeñado en demostrar lo contrario, tratando de defender la idea de que la referencia en el Comunismo al concepto del “Hombre Nuevo” no es sino la referencia del “autentico” fundamento del marxismo que sitúa al hombre como centro de sus preocupaciones filosóficas.

Sin embargo, pese a tal manifestación, todos los teóricos marxistas, o neomarxistas, reiteran la idea de la formación del “hombre nuevo” en el contexto de la sociedad en que se desarrolla y no en su “libre albedrío”; en sus “relaciones sociales” y no en su yo interior.

Así por ejemplo para Feuerbach, la condición necesaria para devolver al hombre sus condiciones de ser humano, es la superación de sus alienaciones mediante la transformación de la deshumanizada sociedad burguesa en la que vive.

Por su parte Antonio Gramsci, al igual que Marx, considera que el hombre es el conjunto de sus relaciones sociales, manifestando que:

"... la actividad revolucionaria que crea al "hombre nuevo", […] crea nuevas relaciones sociales".

Podríamos seguir citando autores marxistas que se manifiestan, siempre, en la misma línea, pero creo que el resumen más completo se contiene en las siguientes palabras de Benedicto XVI:

“El marxismo parte de la idea de que la libertad es algo indivisible y subsiste por tanto, como tal, sólo si es la libertad de todos. La libertad está unida a la igualdad: para que haya libertad, hay que establecer ante todo la igualdad. Lo que significa que para el objetivo de una plena libertad son necesarias ciertas renuncias a la libertad. La solidaridad de los que combaten por la libertad común, de todos, precede la realización de la libertad individual.”

En definitiva, en Marx prevalece la idea de la postergación de la libertad del individuo en aras de lograr la igualdad de todos los miembros de la Sociedad, lo que lleva, a la postre, a una libertad limitada del individuo, pues sobre la libertad individual ha de prevalecer la igualdad de los miembros comunidad y sobre sus derechos individuales como persona los derechos de la Colectividad.

Por otra parte Marx, tal y como explica Ratzinger en su encíclica “Spes Salvi”:

“…con precisión puntual, aunque de modo unilateral y parcial, describió la situación de su tiempo e ilustró con gran capacidad analítica los cambios hacia la revolución, y no sólo teóricamente: con el partido comunista, nacido del manifiesto de 1848, dio inicio también concretamente a la revolución. Su promesa, gracias a la agudeza de sus análisis y a la clara indicación de los instrumentos para el cambio radical, fascinó y fascina todavía de nuevo.”

Sin embargo, Marx, que indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación, no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía simplemente que con la socialización de los medios de producción y la desaparición de la propiedad privada, la “Dictadura del Proletariado” configuraría al “Hombre Nuevo” y se establecería la Sociedad Perfecta.

Y esa indefinición, en la práctica —en todos los experimentos políticos reales de socialismo marxista, sin excepción alguna— ha desembocado en un muro infranqueable del que no se ha logrado encontrar salida: La “Dictadura del Proletariado”, que se enquista inevitablemente en si misma sin encontrar vías de salida hacia aquella “Sociedad Perfecta” presagiada, sin lograr la aparición del “Hombre Nuevo” prometido y perpetuándose no ya en una “Dictadura del Proletariado” sino en una “Dictadura de Partido”

Al final, parafraseando a Karl Popper, el Marxismo ha caído en la ridícula idea de pensar que se puede predecir el fututo mirando lo ocurrido en el pasado, lo cual según el austriaco:

“…es falso, teórica y moralmente falso”

Por eso, porque es imposible, porque la “adivinación del futuro” no es sino una falsedad, Marx no supo prevenir el devenir y los procedimientos a seguir una vez instaurada la “Dictadura del Proletariado” para superar este estadío de la evolución social fruto de la revolución, y alcanzar la “Nueva Jerusalem”, la sociedad perfecta presidida y habitada por el “Hombre Nuevo”.

Y la razón esencial de ello es que la obra de Marx adolece, en su conjunto, de un defecto esencial, el desconocimiento del misterio más hondo del ser humano, el enigma de la libertad que habita en él y que hace imposible reducirlo a un puro conglomerado de determinaciones sociales y económicas.

En esta línea el propio Ratzinger manifiesta:

“[Marx] Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y olvidado su libertad. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo desde fuera, creando condiciones económicas favorables”.

Sin embargo, pese a todo ello, pese a la constatación evidente de los errores del Marxismo, la fascinación que ejerce su “promesa” liberadora del ser humano oprimido, sigue teniendo gran multitud de seguidores en nuestros días, tal y como manifiesta el italiano Marcelo Pera en su Libro “Porqué debemos considerarnos cristianos”. En el que nos dice:

“Recordamos continuamente los crímenes del nazismo, del fascismo o del franquismo, y con mucha más facilidad olvidamos los del comunismo. Los intelectuales de izquierda siguen pensando que la idea en que se inspiraba el comunismo era buena, pero que en la práctica se realizó mal. La utopía sigue obrando dentro de la cultura de izquierda, aunque no produce ninguna idea nueva.”

Y es precisamente ese desierto intelectual de la izquierda, en la que todo intento de nueva formulación no hace sino caer en los mismos errores que desde su origen afectaron al marxismo, esa utopía marxista que sigue anidada en las mentes infértiles de la intelectualidad progresista, lo que debemos combatir firmemente, con la propagación de nuestras ideas y nuestros principios.

Nietzsche, expreso y beligerante antisocialista, se anticipó a su tiempo denunciando los peligros de esta doctrina en su obra “Más allá del bien y del Mal”, concretamente en su capítulo “Para La Historia Natural de la Moral”, criticas perfectamente aplicables al marxismo.

No compartimos la brusquedad de las formas del genio prusiano —no en balde su genialidad se precipitó a una temprana locura— sin embargo no me resisto a apuntar una de sus frases que, al fin y al cabo, pienso que refleja el sentimiento que nos embarga a todos quienes nos encuadramos en esa tarea intelectual del antimarxismo militante:

“Quien ha pensado alguna vez hasta el final esa posibilidad [el éxito del socialismo] conoce una náusea más que los demás hombres, — ¡y tal vez también una nueva tarea!... “

1 comentario:

  1. me ha causado tranquilidad tu articulo...si puedes recomendarme mas lectura con respecto al tema tratado lo agradecería.
    un saludo.

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